A veces siento que no pertenezco a este lugar. Parece que mi mente pida a gritos irme a otro lugar, salir de casa y acercarme a una estación de tren, comprar un billete para un destino cualquiera y esperar. Al subir al tren, me sentaría al mismo tiempo que sentaría mi destino, como quien sabe que no puede hacer nada más, reposando mi cabeza hacia atrás y cerrando los ojos aunque tan sólo fuera por un instante. Al abrirlos, ya lo habría dejado todo atrás. Quizás al otro lado del cristal el mar seguiría bailando al son de las olas o unas montañas alzadas harmoniosamente se empezarían a dibujar, a lo lejos, en el destino. Irían pasando las estaciones, todas quedarían atrás, hasta llegar a la última, o a la primera de un nuevo destino. Pero, de todos modos, sería un destino breve, pues la distancia recorrida no habría sido la suficiente como para comenzar de nuevo en otro lugar, así que después de unos días regresaría sobre mis pasos hasta la estación que me vio marchar.
Cualquier día, apartando las raíces que me unieran a cualquier lazo, saldría de camino al aeropuerto, allí compraría un billete para el primer vuelo que cruzase la frontera, el primero, al azar, sin saber a dónde. De nuevo emprendería viaje, pero esta vez para no regresar sino hasta pasar una larga temporada, quizás tres años o quizás diez, quién sabe. Y al aterrizar en un nuevo lugar, comenzaría una nueva vida creando nuevos cementos, hasta poder poner un techo bajo el que cobijarme. Conocer otra cultura, otra forma de vivir, aprender de otras ideas que nunca creí existir.Dejar una vida atrás para comenzar otra, pasando el control de tu destino al destino mismo, a ese azar caprichoso que todo lo sabe, que no te guía por la dirección equivocada sino que te deja en un camino y tú te conviertes en tu propia guía, lo único que hace falta es saber interpretar el mapa.
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