Nit estelada, de Van Gogh

viernes, marzo 10, 2006

Y dejaría mi vida al azar

Qué curioso es el azar. Es algo caprichoso, que cuando se le antoja nada hacia una orilla o hacia otra, sin importarle hacia dónde va, o sí. Puede ser que el azar no sea tan imprevisible y que prevea lo que tiene que pasar o quiere que pase, manejando la situación a su antojo, quitándote las riendas de tu vida pasando tú a ser una marioneta que camina según le dejan los hilos, es decir, el azar.

A veces siento que no pertenezco a este lugar. Parece que mi mente pida a gritos irme a otro lugar, salir de casa y acercarme a una estación de tren, comprar un billete para un destino cualquiera y esperar. Al subir al tren, me sentaría al mismo tiempo que sentaría mi destino, como quien sabe que no puede hacer nada más, reposando mi cabeza hacia atrás y cerrando los ojos aunque tan sólo fuera por un instante. Al abrirlos, ya lo habría dejado todo atrás. Quizás al otro lado del cristal el mar seguiría bailando al son de las olas o unas montañas alzadas harmoniosamente se empezarían a dibujar, a lo lejos, en el destino. Irían pasando las estaciones, todas quedarían atrás, hasta llegar a la última, o a la primera de un nuevo destino. Pero, de todos modos, sería un destino breve, pues la distancia recorrida no habría sido la suficiente como para comenzar de nuevo en otro lugar, así que después de unos días regresaría sobre mis pasos hasta la estación que me vio marchar.

Cualquier día, apartando las raíces que me unieran a cualquier lazo, saldría de camino al aeropuerto, allí compraría un billete para el primer vuelo que cruzase la frontera, el primero, al azar, sin saber a dónde. De nuevo emprendería viaje, pero esta vez para no regresar sino hasta pasar una larga temporada, quizás tres años o quizás diez, quién sabe. Y al aterrizar en un nuevo lugar, comenzaría una nueva vida creando nuevos cementos, hasta poder poner un techo bajo el que cobijarme. Conocer otra cultura, otra forma de vivir, aprender de otras ideas que nunca creí existir.

Dejar una vida atrás para comenzar otra, pasando el control de tu destino al destino mismo, a ese azar caprichoso que todo lo sabe, que no te guía por la dirección equivocada sino que te deja en un camino y tú te conviertes en tu propia guía, lo único que hace falta es saber interpretar el mapa.

viernes, marzo 03, 2006

La gripe aviar, el quinto jinete del Apocalipsis

Desde hace unos meses el mundo vive en un estado de alerta permanente. Se podría decir que nada se teme más que a la anunciada gripe aviar. Y no es para menos, porque no sólo afecta a vidas humanas o animales, sino que sus efectos traspasan esta frontera, llegando a perjudicar las exportaciones de productos avícolas de países, algunos tan importantes como Francia.

Francia ya ha visto como más de 40 países cerraban las puertas a sus productos. El foie gras francés, único y exquisito patrimonio nacional, es el gran perjudicado. De esta manera, uno de los pilares agrícolas de Francia puede desmoronarse en cualquier momento, y con ello los empleos de 65000 personas.

Los agricultores de todo el mundo se ven obligados, con resignación y temor, a que centenares de equipos de sanidad registren hasta la última pluma de sus aves, con la esperanza de no ser ellos los “elegidos”.

Por otra parte, piscifactorías y pescadores ven como todo ello les puede beneficiar. La población está alarmada y parte de ella es reacia a comprar aves.

Mientras, la OMS se esfuerza todo lo posible para evitar que lo que puede parecer una simple muerte de un ave se convierta en una pandemia.

Los países ponen el candado a las importaciones y se dedican a analizar cada humedal o zona de riesgo, con el temor a tenerlo que poner en cuarentena. En España, Valencia tiembla ante las amenazas a la vez que el Ministro de Sanidad se apresura a tomar medidas para que por los aeropuertos no llegue o, en su defecto, se pueda detectar a tiempo.

La gripe aviar parece estar cerca, galopa ya por algunos territorios y parece querer atemorizar al mundo entero.

¿Y mañana?

Estos días Barcelona tiene el honor de celebrar el Congreso de la telefonía móvil (3GSM). Personas de todo el mundo viajan hasta la ciudad condal con el fin de informarse y deleitarse con las nuevas tecnologías del mundo occidental. Los hoteles cuelgan el cartel de completo y en las calles empresarios de las mejores compañías pasean hasta llegar a Plaza España, donde tiene lugar el evento.

Mientras, en algún país de África, los niños corren de un lado para otro divirtiéndose, sin pensar en el hambre que sufren sus familias o en las enfermedades que pueden padecer, sin pensar en un posible futuro en el que tengan que viajar en una patera hacia un país en el que puedan trabajar. Simplemente juegan, puede que al fútbol, soñando en convertirse en jugadores profesionales. Su mañana es incierto y aún no tienen por qué preocuparse por él. Tampoco se preocupan de lo que sucede en el viejo continente, del congreso que se celebra ni de cómo es un móvil. Sí lo hace, en cambio, el mundo occidental. Las ciudades de Occidente se preocupan de su mañana, de qué hacer para estar en primer lugar. Sus ciudadanos viven envueltos de nuevas tecnologías, comodidades, sin saber dónde gastar el dinero; ciudadanos sin apenas sueños, pues la mayoría son materiales.

El mundo gira tan deprisa que apenas da tiempo a fijarse en él. Cada cual a su vida, que el tiempo y los ánimos no dan para más. Cuando se quiere saber más basta con encender el televisor y mirar los informativos: guerras, peleas dialécticas entre políticos, violencia de género, hambre y pobreza y, de vez en cuando, alguna noticia agradable.
Cuando se cansen, cuando la vida más allá de Occidente llame a sus puertas, apagarán el televisor y se irán a dormir, como si todo hubiese sido una película.
Mientras, en algún rincón del planeta, un niño que siempre quiere saber más, le pregunta a su padre: ¿y mañana?, el padre, sin saber qué responder –pues él tampoco lo sabe– le dice simplemente: mañana será otro día, ya se verá.